(Canto: Noche de paz)
Queridos hijos e hijas: ¡Qué alegría para mí, su Obispo, tener una nueva oportunidad de dirigirles unas palabras de aliento y cariño y poder felicitarlos por la Navidad y el Año Nuevo!
¡Qué lindos son estos días en que recordamos el nacimiento de Jesucristo! Curiosamente, el protagonista de esta fiesta es un niño recién nacido. Quizás por esa razón, son los niños quienes más se alegran en estos días de Navidad. Y toda la familia con ellos. Razón tenían aquellas cuatro personas de Yerba de Guinea que aún no sabían qué se celebraba en la Navidad , pero sí coincidían en afirmar que era “una fiesta de la familia en los días de fin de año”. Y tenían mucha razón. La Navidad es la fiesta de la familia. La Navidad es la fiesta más popular, más alegre y más antigua de las que celebramos. No nos aburriremos nunca de celebrar la Navidad. Ningún otro acontecimiento histórico se ha celebrado tantas veces. A mis amigos de Yerba de Guinea habría que enseñarles que ese día celebramos el nacimiento de Jesucristo, hace 2010 años, en medio de un sencillo matrimonio donde él se llamaba José y era carpintero de profesión, y ella, una joven ama de casa cuyo nombre era María. Ambos tenían a Dios como padre y se sentían sus servidores. Dios pudo contar con ellos, y de manera especial con María, para llevar a cabo su plan de salvación de todos los hombres de la esclavitud del pecado y de la muerte. Plan de salvación que comenzaba con lo que celebramos cada año el 25 de diciembre: el nacimiento de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que se hizo uno de nosotros para que los hombres pudiéramos llegar a ser, en plenitud, hijos de Dios.
Muy claras estaban aquellas cuatro personas al decir que la Navidad es una fiesta para la familia. Y rezo para que así pueda ser. Quiera Dios que todas las familias puedan reunirse en estos días sin que falte nadie. Y que incluso nuestros vecinos que viven solos encuentren quien los invite a compartir juntos la comida de la Nochebuena de hoy, 24 de diciembre, o reciban nuestra visita cariñosa con algún regalo en nuestras manos, o los invitemos a rezar con nosotros en nuestra comunidad. Ojalá que nadie se sienta triste ni solo, porque Jesucristo nace para recordarnos que Dios es Padre de todos, y si tenemos un mismo Padre en el cielo, debemos ver en cada persona a un hermano. Ojalá que en estos días se multipliquen las iniciativas para hacer crecer el amor y la fe en nuestra familia. “La familia que reza unida, permanece unida”.
Ciertamente, Dios, al crearnos, no quiso que fuéramos seres solitarios. Todos podemos llamarnos Juan, Belkis, Niurka, Yuri o María, pero no son nuestros nombres los que, propiamente, nos identifican, sino nuestros apellidos. Ellos indican de qué familia provenimos, en qué familia hemos nacido, y qué familia debemos especialmente proteger. Dios nos creó hombre y mujer para que formáramos una familia. Y nos dio como morada esta bella tierra en nuestras manos para que la cuidáramos y la hiciéramos producir. No dividió Dios al mundo en países, no estableció fronteras entre ellos, no inventó las cercas de alambre con púas, las aduanas, las rejas en los portales, las visas para poder viajar por este mundo… Estas realidades han sido consecuencias de los pecados de los hombres, esa otra realidad de la que nos vino a salvar Jesucristo.
Sería muy bueno recordar en estos días aquel memorable deseo salido del corazón del Papa Juan Pablo II cuando visitó nuestra tierra y nos pidió: ¡“Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón”! ¡Cuidemos, pues, nuestras familias! Preguntémonos qué hacemos por ellas y, especialmente, por nuestros familiares más pequeños, más ancianos, más alejados. Para nadie es un secreto que la familia cubana no está pasando por momentos fáciles. La mala situación económica es real. Como cristianos no debemos dejarnos desanimar por tantas dificultades. No debemos ser sembradores de desesperanza, pesimismo y desaliento sino una pequeña luz en medio de la oscuridad. Recemos la oración de una misa dominical: “Te pedimos, Señor, que en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría”. Y que Dios nos enseñe a distinguir bien cuáles son las vicisitudes del mundo, o sea, esas cosas que son pasajeras, fugaces, que necesariamente van a pasar… y saberlas distinguir de lo que es la verdadera alegría.
La verdadera alegría… ¡A cuántas personas con las que conversamos no les podemos sacar ni siquiera una simple sonrisa! ¡Cuántos viven en una incertidumbre total sobre su futuro inmediato preguntándose a diario: ¿y mañana qué? ¡Cuánto nos hace falta a todos oír nuevamente a Jesucristo decirnos: “No se agobien por el mañana”… Si Dios cuida de las flores y de las aves del campo, ¿cómo no va a cuidar de ustedes, gente de poca fe?” (Mt. 6, 34). Porque muchos siguen viendo la solución en irse del país, bien definitivamente o bien a cumplir una misión, que les permita ayudar económicamente a su familia. Y todos sabemos que, por esa situación, hay esposas o esposos, hijos pequeños y padres y abuelos ancianos que han sido prácticamente abandonados o encargados a otras personas o instituciones. El resultado no ha sido el mejor: hay familias divididas, ha habido matrimonios rotos, hay hijos que extrañan a sus padres, hay ancianos entristecidos y desconsolados... Como cristianos estamos llamados en todo momento, y especialmente ahora, a despertar conciencias dormidas, a ser sembradores de esperanza, de la esperanza cristiana que es aquella que se fundamenta en que Dios es el Padre que nos ama y nos perdona, que Jesucristo es el amigo que nunca falla y que murió y resucito por salvarnos, y que el Espíritu Santo es nuestra fuerza y apoyo. Sin la esperanza cristiana, los hombres no saben a dónde ir ni tampoco entienden quiénes son. Hay gente sin esperanza a nuestro alrededor. Incluso no pocos miembros de nuestras familias sienten que la gran mayoría de sus propuestas de solución a problemas y dificultades no han sido atendidas. Ven que su casa se les deteriora cada día más y no quisieran que lo mismo pasara con sus familias. Quieren trabajar, quieren crecer, y desean tener más facilidades para lograrlo. Recemos para que el Espíritu Santo ilumine a los que tienen las posibles soluciones en sus manos y estas aspiraciones lleguen a realizarse. Nosotros también debemos preguntarnos qué lecciones nos estará queriendo enseñar Dios con estas situaciones que se nos presentan.
¡Qué bueno sería mantener el espíritu de Navidad durante todo el año: la unidad de la familia, la preocupación por los más necesitados, el deseo de hacer nuevas todas las cosas! ¡Ojalá que, siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, hagamos que el espíritu navideño llene los días de todo este nuevo año!
Porque mantendremos viva la Navidad si aceptamos a Jesucristo como “el único que tiene palabras de vida eterna” (Jn. 6, 68), nuestro único Salvador, y tratamos de pensar y actuar según sus enseñanzas.
Mantendremos viva la Navidad si “no nos cansamos de hacer el bien” (Gál 6, 9), si pagamos con bien al que nos hace el mal, si perdonamos “setenta veces siete” (Mt. 18,22), o sea, si somos capaces de perdonar todas las veces que haga falta.
Mantendremos viva la Navidad si presentamos nuestra “otra mejilla” (Mt. 5, 39), que no es otra cosa sino responder a una ofensa hacia nosotros con una salida sorprendente, la que nadie espera, la del amor.
Mantendremos viva la Navidad si los cristianos vivimos como hombres y mujeres dedicados a las tareas del reino de este mundo pero hablando, a la vez, de ese otro Reino prometido por Dios para los que cumplan sus enseñanzas.
Mantendremos viva la Navidad si enseñamos a los cubanos “que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4, 4), si mantenemos abiertas las puertas de nuestras iglesias y comunidades para todos: santos y pecadores, fieles e infieles, creyentes y no creyentes, buenos y malos.
Mantendremos viva la Navidad si la Iglesia sigue cuidando a las familias y hablando, como lo ha hecho por siglos, de la pureza, la castidad, la honesta fecundidad de los esposos, la indisolubilidad del matrimonio y la fidelidad entre los esposos.
Mantendremos viva la Navidad si somos profetas anunciadores de paz, de reconciliación, de comunión, de alegría.
Mantendremos viva la Navidad si los cristianos enseñamos a nuestro pueblo que si bien es verdad que no se puede estar siempre de fiesta, se puede estar siempre alegres si tenemos la alegría que nace de saber que Dios nos ama y no permitirá que seamos probados más allá de las fuerzas que él mismo nos da para llevar la prueba.
Mantendremos viva la Navidad si nuestra actitud personal es de alegría permanente, como la de San Pablo, que desde la cárcel donde estaba preso por ser cristiano, pedía a sus comunidades: “Estén siempre alegres en el Señor”(Filip. 4, 4).
Mantendremos viva la Navidad si los que se acercan a nuestras comunidades cristianas encuentran en la Iglesia y en el mensaje de Jesucristo la respuesta a su vida sin sentido, sin centro, sin rumbo.
Mantendremos viva la Navidad si cada uno de nosotros en este próximo 2010, le da valor a esa pequeña obra buena que pueda hacer diariamente porque si cada sencillo cubano, en el medio en que vive, hace cada día una buena acción, Cuba entera cambiará. Como los hermanos de Viento Frío, en las montañas de San Antonio, que cosen jabas y las llenan con frutos de sus cosechas para ayudar a las familias con hijos discapacitados.
Les deseo a ustedes y sus familias una feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de las bendiciones de Dios. Pero no quiero terminar sin adelantarles una gran noticia: Si Dios quiere, en este próximo año, del 26 de septiembre al 6 de noviembre, durante 42 días, recorrerá nuestra provincia la bendita imagen de nuestra Señora de la Caridad del Cobre, como parte de la peregrinación que ella hará por toda Cuba, con motivo de las celebraciones por los 400 años del hallazgo de su imagen en la Bahía de Nipe. ¡Qué extraordinario regalo recibirán nuestras familias! Desde ahora: ¡prepararemos nuestros corazones!
Termino dándoles mi bendición por la Navidad. Que ella vaya especialmente sobre los enfermos, los presos, los minusválidos, los que viven solos, los que están lejos de su familia y de su tierra cubana, los abuelitos de los Hogares de Ancianos, los que sufren, los que se sienten tristes, los que lamentan la muerte reciente de un ser querido, y los que han perdido la alegría que nace de la virtud de la esperanza. ¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo! Que la bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos y los acompañe siempre. Amén.
(Canto: Feliz Navidad)
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